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Familia francesa crea edén para mochileros en San Carlos

Marión y tres de sus hijos en uno de los pocos momentos de ocio. Al fondo la “taberna” obra hecha por los niños adornada para jugar.

Por josé Guillermo palacio | Publicado el 01 de enero de 2020

La vida para Marion Cuntz ha sido intensa, llena de desafíos que lleva hasta el límite. Pocos difícilmente entenderán cuál es su proyecto en San Carlos. Ser ejemplo de protección ambiental.

“La verraca”. Con esta expresión de honor los ancianos de San Carlos rinden homenaje a la tenacidad y valentía de Marion Cuntz, primera ciudadana francesa en habitar el pueblo, junto con sus cuatro hijos. Su historia personal es un relato del asombro y el arrojo humano. De la nada, en este pueblo de aguas y verdes infinitos, amasa la tierra para dar vida a un eco hostal, un edén para mochileros y amantes de la naturaleza.

A sus 18 años Marión decidió que su patria era el mundo, renunció a la educación formal francesa, conoció a quien fue su pareja por varios años y llegaron sus dos primeros hijos. Con estos se lanzó al mar, viajaron por islas y continentes, un juego de vientos, truenos y corrientes marinas impulsaron el velero que navegaba hasta América.

Su dominio del español le ha permitido a Marión hacer contactos y amigos en este lado de la vida. Una noche de diálogos sobre sueños compartidos un colombiano le habló de un lugar mágico: “San Carlos, lejos del mar, en el Oriente antioqueño, un tesoro de la biodiversidad, selvas, jardines naturales, cascadas que bajan el agua más dulce del cielo, montañas, valles y un pueblo que cicatriza heridas de tiempos aciagos, que apuesta a un futuro de prosperidad compartida”.

De la antigüedad al presente
Marion Cuntz, nació en 1980, en el poblado de Sucy-en-Brie, cerca de París, con registros de presencia humana desde el periodo Neolítico, miles de años antes de Cristo, si se tiene como base la referencia occidental cristiana.

Por su ubicación estratégica en una meseta, su pueblo fue testigo y escenario de las numerosas guerras intestinas y asaltos extranjeros que hicieron correr ríos de sangre, gloria e imperios en Francia. Los nuevos tiempos convirtieron el poblado en un destino del turismo europeo, una postal de esas que aún firman algunos turistas para enviarlas a familiares y amigos, como testimonio de que estuvieron en el único lugar del mundo donde jamás parece que hubiese pasado nada.

Vida en el mar

Algo de furia debe quedar en el ambiente de ese diminuto remanso europeo. En él, Marion dio forma al temple que irradia en cada uno de sus actos, el mismo que la llevó a tomar la decisión de abandonar toda comodidad y lanzarse a conquistar su propia odisea en uno de los días finales de su adolescencia.

Sin volver la vista atrás llegó hasta el Atlántico, lo abrazó y lo hizo su mundo. Adquirió el velero “Waloo”, una cáscara de huevo de ocho metros comparado con la inmensidad marina. En las primeras navegaciones dominó las islas británicas. Con el paso de los años se hizo a un nuevo velero, el “Annou Ale”, de 12 metros. En este barco, siempre atenta a la Rosa de los Vientos, avanzó para explorar aquello que había al otro lado de la estrella polar.

En 2006 zarpó desde el puerto francés de Brest para cruzar el Atlántico rumbo a América. Viajó con sus dos primeros hijos Lilou, quien para entonces tenía cuatro años, y Titonan, de brazos.

Se alejaron del bastión de Brest, expresión de poder de Luis XIV, el “Rey Sol” francés. Navegaron por aguas de España, Marruecos, Islas Canarias y Cabo Verde, último puerto antes de emprender el gran viaje. Para la familia la tierra también era redonda, por las rutas de los conquistadores de otros tiempos, 21 días después de haber partido, llegaron a la isla caribeña de Martinica, descubierta por Cristóbal Colón, el 15 de junio de 1502.

En el reparto de este lado de la vida fueron los franceses (1635) quienes la conquistaron, expulsaron cualquier sombra española y la hicieron suya a perpetuidad, como uno de sus bienes en ultramar, o el ultramundo para los nativos que la habitaban, luego de ser aniquilados casi sin resistir.

Llamado de América

En la Francia de ultramar llegaron sus otros dos hijos Manech y Milo. En 2009, en el Caribe venezolano, el aire, el rumor de tambores, músicas y sueños de nueva vida que le llegaban del continente americano la impresionaron. En un golpe de corazón, se dijo: “Algún día dejaré el mar para vivir en América”.

En Martinica la familia montó su base en tierra firme. Los niños asistían a la escuela, mientras sus padres trabajaban en diferentes oficios. El mar abierto los llamaba. En los años 2010 y 2011 volvieron a cruzar el Atlántico, navegaron hasta la isla francesa de San Martín, cruzaron hacia las Azores, a la altura de Portugal, y desde allí orientaron velas hacia Marruecos.

El país solo fue un puerto más para sus sueños. Días después enfrentaron de nuevo el Atlántico rumbo a Salvador de Bahía, Brasil, en un viaje que duró 24 días. Conocieron las costas del país suramericano, la Guyana Francesa y, finalmente, anclaron en Martinica.

Las reglas de las travesías no admitían error. Los niños recibían lecciones diarias sobre qué hacer en caso de un naufragio, la importancia de mantenerse siempre con chalecos salvavidas, conservar la calma, revisión de las provisiones de los botes salvavidas: leche, biberones y juguetes para los niños; bidones con agua potable y libros para pasar los días sin enloquecer enfrentando los días en medio de la nada marina, mientras llegaba el rescate.

Solo una vez, cruzando el estrecho de Gibraltar, una tormenta, acompañada de fuertes vientos, que lo revolvieron todo en el cielo y el mar, hizo pensar a Marion que el día del fin de los tiempos tocaba la puerta de sus sueños.

Colombia amable

En 2017 llegó a Colombia como mochilera, con sus cuatro hijos. La amabilidad de las autoridades migratorias con este tipo de turismo ha sido de lápida y el recibimiento a Marion y sus niños no fue la excepción.

“Si no tenés plata, nada tenés que hacer en este país”, le advirtió una funcionaria mientras gestionaba la visa para sus hijos. Los niños, dotados de una inteligencia desarrollada en sus viajes marinos, en los que cualquier falla se paga con la vida, tenían certeza absoluta de que la mirada de la funcionaria hablaba el español del desprecio.

Fuera de las oficinas de Migración Colombia, los colombianos eran otra cosa, donde la familia llegaba le daban bienvenidas como si se tratara de viejos conocidos a los que llevaban años esperando. Recorrieron el sur del país, visitaron San Agustín, Desierto de la Tatacoa y otros lugares mágicos por su naturaleza.

A San Carlos arribó ese año a las Fiestas del Agua con sus cuatro hijos. Fueron toda una celebridad, sintieron la buena energía de un pueblo, que no deja de rodearlos. Terminados los festejos regresaron a Martinica. Marion había tomado una decisión. En dos meses vendió lo poco que tenía. Recogió tres gatos que le pertenecían y voló a Colombia.

Días después estaba en San Carlos cerrando la compra de tres hectáreas de tierra en la vereda La Natalia, vecina del casco urbano del pueblo. Era todo aquello que necesitaba: fuentes cristalinas, senderos que se multiplican dentro de la selva, montañas, extensos valles, vuelo y canto libre de pájaros y mamíferos salvajes, que aparecen en las noches.

Machete y pico en mano limpiaron rastrojos e hicieron una explanación donde construyeron una primera edificación. Bajo esta se instaló la familia en cuatro carpas, ahí siguen viviendo después de casi dos años.

Con el apoyo de un oficial de construcción, bajo estrictos parámetros ambientales, levantaron la primera cabaña para huéspedes. Consta de una habitación privada, con detalles acogedores y otra con varios camarotes.

Así empezó a tomar forma el paraíso Familia Verde, Eco Hostal, que puede visitarse, vía internet como familiaverdeecohostal@outlook.com; https://hostal.home.blog/, por el que ya han pasado algunos huéspedes, casi todos extranjeros.

Las palmas de las manos de hierro de los miembros de la familia dan fe de lo duro y constante que han sido las jornadas estos dos años.

Es la primera familia francesa que habita San Carlos. Donde llega es bien acogida y se disfruta de su presencia. Hasta los animales tienen que ver con los niños.

Un perro callejero, al que llaman Yoda, se convirtió en su guardián. En un recorrido por el pueblo el animal se encariñó con los niños. Empezó a seguirlos por todos lados. Al ver que la familia abordó un motorratón para regresar a la casa, el perro no dejó de correr tras el vehículo. Hoy se considera el guardián del eco hostal. Cumple funciones controlando las gallinas que se escapan del corral y alejando los animales salvajes que merodean por las zonas aledañas.

Mientras la mamá le da forma al Eco Hostal, los tres niños, – su hermana Lilou, de 16 años, retornó al mar-, asisten al colegio local. Su raciocinio de aquello aprendido en el mar y sus cuestionamientos sobre la escuela en Colombia da para que se redefina el modelo educativo local. Milo, de 9 años, el más pequeño de la familia, ganó el cuarto año de primaria y aspira graduarse de la primaria en 2020.

Los tres niños son la horma de la mamá: didácticos, precisos, sin frustraciones personales, convencidos de que harán de su eco hostal un lugar maravilloso, seguro y autosostenible.

La naturaleza misma los acompaña. Una familia de monos titís se les ha incorporado y hace fiesta desde las copas de los árboles para llamar la atención de los niños.

Razón tienen en San Carlos los ancianos, quienes han sabido sortear la adversidad en este pueblo maravilloso, cuando saludan a Marion, con una sonrisa, un abrazo y la fuerza paisa que se expresa en la frase: “Hola Verraca”.

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